Sócrates


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[1º Diálogo y dramatización sobre la figura de Sócrates] 

[2º Adaptación del texto de César Tejedor Campomanes, Historia de la Filosofía en su marco cultural, Madrid, SM, 1993, pp. 37-40 a la que se le añaden modificaciones ajenas al autor, añadidos, nuevas redacciones, citas de otras fuentes, etc. La intención es crear un material educativo en vídeo que nos permita ser más libres, más conscientes y lúcidos]

  1. ¿Quién fue Sócrates?
  2. ¿Por qué le condenaron a muerte?
  3. ¿Cuáles fueron sus aportes filosóficos?

(en construcción constante)

Sócrates de Atenas (apuntes en PDF)



[1º Diálogo y dramatización sobre la figura de Sócrates]

(Inspirado en parte en algunos vídeos de Mr Jägger. Conversación confusa en la que se solapan las palabras de los participantes. Añadir estas voces del diálogo en la edición posterior)

– ¡”Tsch”!, ¡oye!, ¡Sócrates! ¡Ven! ¡Ven aquí!
– ¿Qué pasa, qué pasa?
– ¡Ven aquí! ¡Que te estamos esperando!
– Vale, vale, voy. Estaba aquí, echándome un sueñecito bajo la oliva. Es que hace un calor insoportable… ¿no sabéis que hay una ola de calor? ¿No lo habíais oído? Está el Lorenzo que no puede ser… ¡hay que beber mucha agua! ¿Pero qué es lo que queréis? ¿por qué me despertáis?
– Necesitamos tu ayuda, Sócrates
– ¿Qué queréis? ¡Pero si yo no sé nada!
– ¿No sabes nada?
– No sé nada… (como confundido)
– ¿Pero nada, nada? (nada, nada, nada, nada)
– No sé nada.
-¿Nada es nada? (nada, nada, nada, nada)
– Nada… Yo sólo hago de partera… ajá, ¿es que queréis que os ayude a dar a luz la verdad? ¿eso queréis? ¿sí? ¡Allá que voy!
(Aparece el interlocutor de Sócrates embarazado, y Sócrates tirando de él, como ayudando a dar a luz)
– ¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué dices? ¡Quita!, ¡déjame, Sócrates!, ¡estás loco! ¡fueraaaaaaaaaaa!
(Se despierta el interlocutor de Sócrates en su cama [mi habitación] agitado: todo era una pesadilla.
– (Voz en off): “Despierta, despierta… tienes que ir a grabar el capítulo de Sócrates”
– Sí, sí, ufff… ¡gracias! ¡ya voy! ¡ya estoy despierto! ¡salgo ya mismo a grabar! (y se queda dormido. Vuelve otra vez al sueño: ahora es Sócrates mismo, que camina por las calles de Toledo).

Platón, Teeteto, 150c-d, traducción de A. Vallejo Campos, en Diálogos V, Parménides, Teeteto, Sofista, Político, Editorial Gredos, Madrid, 1988, pp. 189-190


[2º Adaptación a YouTube del texto de César Tejedor Campomanes]

(Narración en primera persona caminando por el casco o el valle; breve cameo con Darin, que me pide una foto)

[Imágenes de Sócrates caminando por las calles de Toledo. Se intercalan con el primer plano de Sócrates contando su biografía. Música mañanera suave y alegre de fondo]

“Si los sofistas eran en su mayoría extranjeros, Σωκράτης (470-399 a. C), o sea yo mismo, era ateniense. Pertenecí a una familia modesta (mi padre era escultor y mi madre comadrona (partera, esas mujeres que ayudan a otras a dar a luz) y nunca quise dedicarme a la política ni ambicioné dinero u otras riquezas materiales…”

Roberto Rossellini, Sócrates, Italia, 1971

[Voz en off – Cita a Guthrie] “Sócrates era natural de Atenas, hijo de Sofronisco y la comadrona Fenáreta, del demo de Alópece [vídeo de pantalla buscando Fenáreta en Google]…”.

Diógenes Laercio, Vida de los filósofos ilustres, traducción de Carlos García Gual, Libro II, Alianza Editorial, Madrid, 2007, pp. 99-100

(Continúa la cita) “Nació en el 470 o el 469 a. de C., ya que los documentos que se refieren a su juicio y ejecución los sitúan en la primavera del 399, y Platón dice que en ese momento su edad era de setenta años”

Captura de pantalla 2019-08-17 a las 14.22.36

W. K. C. Guthrie, Historia de la filosofía griega, III, Siglo V. Ilustración, traducción de Joaquín Rodríguez Feo, Editorial Gredos, Madrid, 1988, p. 361

Captura de pantalla 2019-08-17 a las 14.28.06

William Keith Chambers Guthrie, A History of Greek Philosophy: Volume 3, The Fifth Century Enlightenment, Cambridge University Press, 2003, p. 58 (primera edición: 1969)

[Narrador, en habitación, camiseta del canal en japonés] Y es que sí, Sócrates fue juzgado y ejecutado en su ciudad natal, Atenas. Pero de eso vamos a hablar un poco más adelante…

Antes que nada, ¿quién fue este peculiar hombre?

1. ¿Quién fue Sócrates? [título en blanco, con fondo negro, con música agradable]

(breve cameo con Darin McNabb, que sirve para introducir las fuentes de acceso a Sócrates. Después, imágenes de Toledo y narración del texto de abajo)

Las fuentes [ir con el ordenador viendo las correspondientes páginas de wikipedia de los autores citados]

De los cuatro escritores de los que se conservan escritos sobre Sócrates y que pueden considerarse fuentes de su pensamiento, dos fueron filósofos de temperamentos filosóficos muy diferentes (Platón y Aristóteles); otro fue un general retirado que, aunque tenía una gran capacidad para la literatura y la historia, había sido durante la mayor parte de su vida un hombre de acción y siguió siéndolo siempre por su temperamento (Jenofonte); el cuarto fue un escritor de comedias con una gran dosis de sátira y farsa (Aristófanes).

W. K. C. Guthrie, Historia de la filosofía griega, III, Siglo V. Ilustración, traducción de Joaquín Rodríguez Feo, Editorial Gredos, Madrid, 1988, p. 315

Pero la figura de Sócrates se encuentra rodeada de misterio y sigue sometida a discusión. Una importante razón es que él mismo nunca escribió nada, y las fuentes de que disponemos son contradictorias en parte. Por un lado, las burlas de Aristófanes, o la figura un tanto ramplona que presenta Jenofonte. Por otro lado, la exaltación de Sócrates en los diálogos de Platón (su discípulo el de las anchas espaldas o la amplia frente), o los testimonios más comedidos de Aristóteles. Tal vez, lo más seguro sea aceptar el testimonio de Aristóteles y el de los primeros diálogos de Platón. Y eso es lo que vamos a hacer aquí.

Diógenes Laercio, Vida de los filósofos ilustres, traducción de Carlos García Gual, Libro III (Platón), Alianza Editorial, Madrid, 2007, p. 154

Platón, el más famoso e importante discípulo de Sócrates, era un luchador y su nombre viene por su espalda ancha.

W. K. C. Guthrie, Historia de la filosofía griega, III, Siglo V. Ilustración, traducción de Joaquín Rodríguez Feo, Editorial Gredos, Madrid, 1988, p. 369

Ibíd., 372

“Portrait of the Greek philosopher. According to his pupils Plato and Xenophon, Socrates’s distinctive physical appearance resembled a satyr, and that his beauty was on the inside, not the outside. The thirty or so Roman versions of Socrates, like this one, originate from a bronze statue said to have been made by Lysippos and erected in Athens after the philosopher’s death, in 399 BCE. The lower part of this sculpture is inscribed with his name and, missing from this cast, a quotation from the speech made from prison as recorded by Plato, Crito” (Museum of Classical Archaeology, Cambridge)

[Disfrazado de Sócrates, mostrando barriga, ojos saltones, labios gordos…]

George Schaefer, Barefoot in Athens, EEUU, 1966 (doblada al castellano)

[Descalzo en Atenas, minuto 13:44: descripción breve de Sócrates]

Generalmente es admitido que Sócrates, en su aspecto exterior, era muy feo, mucho, pero con ese tipo de fealdad magnética, que atrae. Tenía una nariz ancha, chata y respingona, ojos saltones y prominentes, labios gruesos y carnosos, era barrigón… Parece ser que no daba apenas importancia a las apariencias, sino que solía ir descalzo, con un viejo manto encima y sin asearse (sus críticos le llamaban “el que no se lava”).

Diógenes Laercio, Vida de los filósofos ilustres, traducción de Carlos García Gual, Libro II, Alianza Editorial, Madrid, 2007, p. 103

Los propios amigos de Sócrates reconocen que no era frecuente verle recién bañado y con las sandalias puestas, lo cual podía hacer por motivo de la celebración de algún acontecimiento especial, como la fiesta que se celebró para festejar el éxito de su amigo poeta Agatón, cuando le dieron el premio por su primera tragedia.

Platón, Banquete (174a), traducción de M. Martínez Hernández, en Diálogos III: Fedón, Banquete y Fedro, Editorial Gredos, Madrid, 1997, pp. 188-189

Era una persona vigorosa que gozaba de la habilidad del autocontrol y de una cierta indiferencia ante la presencia o ausencia de placeres materiales. En cuanto a la bebida, se decía que aguantaba el alcohol más que cualquiera, aunque nadie lo vio nunca borracho. El ateniense fue una persona de naturaleza apasionada y, según se dice en el Banquete de Jenofonte, no era capaz de recordar un tiempo en el que no hubiera estado enamorado de alguien.

Jenofonte, Banquete (8, 2), traducción de Juan Zaragoza, en Recuerdos de Sócrates y Diálogos, Editorial Gredos, Madrid, 2007 (RBA Coleccionables), p. 347

Das Gastmahl. Nach Platon (zweite Fassung) – Anselm Feuerbach (1871 – 1873/74)

Aunque por la época en la que vive y por los temas de los que se ocupa podría ser considerado un sofista más (como lo considera Aristófanes), la Apología de Sócrates que escribe Platón le presenta con unas características muy diferentes a las del movimiento sofista: no escribe libros, renuncia a la oratoria, no cobra a sus discípulos… y no presume de sabiduría.

Platón, Apología de Sócrates (31a), traducción de Alejandro G. Vigo, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 2005, p. 50

Platón, Apología de Sócrates (19e-20a), traducción de J. Calonge, en Diálogos I, Editorial Gredos, Madrid, 1997, p. 152

[Narrador desde hostel madrileño con camiseta del canal]

Cierto es que un amigo suyo fue a Delfos a preguntar a la pitonisa si había algún hombre más sabio que Sócrates, y que la pitonisa contestó que no. Pero Sócrates interpretó el oráculo de una peculiar manera…

[Aparece Sócrates con su peluca y su atuendo recitando su propio discurso de la Apología y mirando a la cámara. Música suave de fondo, Atenas en la pantalla grande del salón de fondo]

“Vosotros conocíais a Querefonte, amigo mío desde la juventud. Una vez, fue mi amigo a Delfos  [el famoso santuario de Apolo, de gran prestigio] y tuvo la audacia de preguntar al oráculo si había alguien más sabio que yo. La Pitia le respondió que nadie era más sabio (…).

 

Así pues, tras oír yo estas palabras reflexionaba así: `¿qué dice realmente el dios y qué indica en enigma? Yo tengo conciencia de que no soy sabio, ni poco ni mucho. ¿Qué es lo que realmente dice al afirmar que yo soy muy sabio? Sin duda, no miente; no le es lícito´. Y durante mucho tiempo estuve yo confuso sobre lo que en verdad quería decir.

[Sócrates nadando en la piscina, se pregunta: “El oráculo dijo que yo era el hombre más sabio, así que quise comprobar si eso era cierto…”]

Algo más tarde, y a regañadientes, me incliné a una investigación del oráculo del modo siguiente. Me dirigí a uno de los que parecían ser sabios, en la idea de que, si en alguna parte era posible, allí refutaría el vaticinio y demostraría al oráculo: `Éste es más sabio que yo y tú decías que lo era yo´.

 

[Usar imágenes de Roberto Rossellini, Sócrates, Italia, 1971; también de filosofía en 8 bits]

Ahora bien, al examinar a éste -pues no necesito citarlo por su nombre, era un político con el que estuve indagando y dialogando- experimenté lo siguiente: me pareció que otras muchas personas creían que ese hombre era sabio y, especialmente, lo creía él mismo, pero que no lo era. A continuación intentaba yo demostrarle que él creía ser sabio, pero que no lo era. A consecuencia de ello, me gané la enemistad de él y de muchos de los presentes.

Al retirarme de allí razonaba a solas que yo era más sabio que aquel hombre. Es probable que ni uno ni otro sepamos nada que tenga valor, pero este hombre cree saber algo y no lo sabe, en cambio yo, así como, en efecto, no sé, tampoco creo saber. Parece, pues, que al menos soy más sabio que él en esta misma pequeñez, en que lo que no sé tampoco creo saberlo.

A continuación me encaminé hacia otro de los que parecían ser más sabios que aquél y saqué la misma impresión, y también allí me gané la enemistad de él y de muchos de los presentes…”

Platón, Apología de Sócrates (21a-e), traducción de J. Calonge, en Diálogos I, Editorial Gredos, Madrid, 1997, pp. 154-155

[Otra vez el narrador, en habitación, camiseta del canal en japonés] Sócrates había interpretado el oráculo de la siguiente manera: solo la divinidad es sabia, no vale mucho la sabiduría humana… y el que como él mismo, Sócrates, sabe que “no sabe nada”, está más cerca de la sabiduría que los que -como los sofistas- creen que lo saben todo.

W. K. C. Guthrie, Historia de la filosofía griega, III, Siglo V. Ilustración, traducción de Joaquín Rodríguez Feo, Editorial Gredos, Madrid, 1988, p. 389

Sócrates, pues, es un hombre que busca la verdad; y a ello se siente impulsado por la extraña voz de un espíritu (daimon) interior…

W. K. C. Guthrie, Historia de la filosofía griega, III, Siglo V. Ilustración, traducción de Joaquín Rodríguez Feo, Editorial Gredos, Madrid, 1988, p. 384

En la Apología de Platón, Sócrates describe así ese daimon interior:

[De nuevo Sócrates con su peluca y su atuendo recitando su propio discurso de la Apología y mirando a la cámara. Música suave de fondo, Atenas en la pantalla grande del salón de fondo]]

“Yo experimento, a veces, junto a mí algo ciertamente divino o demónico. Comenzó a estar conmigo desde mi niñez y me ha acompañado siempre desde entonces; toma forma de voz que, siempre que la oigo, me disuade de algo que iba a hacer, pero nunca me obliga a actuar. Esto ha sido lo que me ha impedido tomar parte en la política”

Platón, Apología de Sócrates (31c-d), traducción de J. Calonge, en Diálogos I, Editorial Gredos, Madrid, 1997, pp. 170-171

Antonio Tovar, Vida de Sócrates, Revista de Occidente, Madrid, 1947, p. 268

[Otra vez el narrador, en habitación, camiseta del canal en japonés]

Así, a pesar de la obediencia a este extraño daimon o espíritu interior, el cual se limita a prohibir a Sócrates determinadas acciones o a guardar silencio, en realidad nunca perdió el ateniense la costumbre de usar su capacidad de razonar en su búsqueda de la verdad y de la respuesta al enigma que le había planteado el oráculo de Delfos, en cuanto a la afirmación de que él era el hombre más sabio… Por eso, dedica toda su vida a “examinarse a sí mismo y a los demás” acerca del bien del alma, de la justicia y de la virtud en general, pensando que “la vida sin examen no merece la pena ser vivida”.

Platón, Apología de Sócrates (38a), traducción de M. Luz Prieto, en Apología de Sócrates. Critón. Fedón, Ediciones Akal, Madrid, 2005, p. 71

Platón, Apología de Sócrates (31a), traducción de Alejandro G. Vigo, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 2005, p. 74

Y, comparándose a sí mismo con una especie de tábano que aguijonea a los demás para que no se duerman y presten atención a la virtud

[Otra vez: Sócrates con su peluca y su atuendo recitando su propio discurso de la Apología y mirando a la cámara. Música suave de fondo, Atenas en la pantalla grande del salón de fondo]

“Yo, atenienses, os aprecio y os quiero, pero voy a obedecer al dios más que a vosotros y, mientras aliente y sea capaz, es seguro que no dejaré de filosofar, de exhortaros y de hacer manifestaciones al que de vosotros vaya encontrando, diciéndole lo que acostumbro: `Mi buen amigo, siendo ateniense, de la ciudad más grande y más prestigiada en sabiduría y poder, ¿no te avergüenzas de preocuparte de cómo tendrás las mayores riquezas y la mayor fama y los mayores honores, y, en cambio, no te preocupas ni interesas por la inteligencia, la verdad y por cómo tu alma va a ser lo mejor posible?´”

Platón, Apología de Sócrates (29d), traducción de J. Calonge, en Diálogos I, Editorial Gredos, Madrid, 1997, p. 168

2. ¿Por qué le condenaron a muerte?

(Minuto 1:02:05, Antonio Escohotado en diálogo con Ernesto Castro: “Sócrates, más chulo que un ocho”)

Y sí, según las noticias que tenemos, Sócrates era más chulo que un ocho, y así se comportó durante su juicio.

Jenofonte, Apología de Sócrates, en Recuerdos de Sócrates y diálogos, traducción de Juan Zaragoza, Gredos, Madrid, 2007, p. 369

La acusación ante el tribunal de los Quinientos fue la siguiente:

[Escena de Descalzo en Atenas en la que se lee la acusación a Sócrates: minuto 45:08]

Platón, Apología de Sócrates (32b), traducción de J. Calonge, en Diálogos I, Editorial Gredos, Madrid, 1997, p. 171, nota 24

“Esto denuncia y acusa bajo juramento Meleto, hijo de Meleto, del demo de Pitto contra Sócrates, hijo de Sofronisco, del demo de Alópece: Sócrates delinque al no reconocer a los dioses a los que da culto la ciudad, y al introducir nuevas divinidades. Delinque también corrompiendo a los jóvenes. Pena solicitada: la muerte”.

Diógenes Laercio, Vida de los filósofos ilustres, traducción de Carlos García Gual, Libro II, Alianza Editorial, Madrid, 2007, p. 108

Diógenes Laercio, Vida de los filósofos ilustres, traducción de Carlos García Gual, Libro II, Alianza Editorial, Madrid, 2007, pp. 107-108

Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, traducción de Juan Zaragoza, Gredos, Madrid, 2007, Libro I, p. 19

Platón, Apología de Sócrates (24c), traducción de J. Calonge, en Diálogos I, Editorial Gredos, Madrid, 1997, p. 159

[Voz en off narra lo que sigue]

Es muy probable que estas acusaciones no constituyesen el verdadero motivo del juicio… El principal acusador, Meleto, que fue quien firmó la acusación, pudo ser una marioneta controlada por el poderoso Ánito, político demócrata que había sido un líder en la lucha contra el anterior, breve y terrorífico gobierno de los Treinta Tiranos (404-403 a. de C.) [que sucedió a la democracia ateniense al final de la Guerra del Peloponeso (431 a. C.404 a. C.) durante menos de un año, en 404 a. C.)].

W. K. C. Guthrie, Historia de la filosofía griega, III, Siglo V. Ilustración, traducción de Joaquín Rodríguez Feo, Editorial Gredos, Madrid, 1988, pp. 364-365

En Atenas se acababa de restaurar la democracia y la ciudad sufría todavía el enorme trauma que había supuesto la larga Guerra del Peloponeso [que había enfrentado a las ciudades formadas por la Liga de Delos (encabezada por Atenas) y la Liga del Peloponeso (encabezada por Esparta)], las luchas de la oligarquía por hacerse con el poder y, sobre todo, el terrible gobierno de los Treinta Tiranos.

[Intercalar la lectura anterior con vídeo de imágenes de los libros de abajo y otros de historia sobre la Guerra del Peloponeso]

Tomás Calvo, De los sofistas a Platón: política y pensamiento, Ediciones Pedagógicas, Madrid, 1995, pp. 14-17

Con la restauración de la democracia que se dio a continuación del gobierno de los Treinta, en esos tiempos tan desesperados, los demócratas se creyeron completamente obligados a impedir que se repitieran los horrores de ese reino de terror que se había instituido en el corto período de su triunfo por Critias y sus compañeros de oligarquía (figuras preeminentes de esta época de violencia, lo mismo que Alcibíades, todos habían sido íntimos de Sócrates en los primeros días). Ánito, el político demócrata, tenía ciertos reparos de orden político a la conducta de Sócrates, pero presentar cargos políticos contra él, o mencionar sus anteriores relaciones con Critias (el más violento de los oligarcas, y del que Sócrates había sido maestro) habría ido contra la amnistía que había declarado la restaurada democracia. En consecuencia, la acusación se limitó a ofensas contra la religión del Estado y a una vagamente expresada “corrupción de los jóvenes”. El proceso de Sócrates, que no simpatizaba demasiado con la democracia, se puede explicar bien en este contexto.

Hay que señalar que Ánito y sus socios se habrían quedado satisfechos si simplemente se hubiera eliminado a Sócrates de la escena ateniense, si hubiera ido a un exilio voluntario. Y ya celebrado el juicio y después del veredicto de culpabilidad, no era necesario que los jueces aceptasen el castigo de pena de muerte  por envenenamiento que pedía la acusación.

[Otra vez el narrador, en habitación, camiseta del canal en japonés. Música de suspense]

Según la ley ateniense, el mismo acusado podía proponer una pena menor, y los jueces votaban la propuesta que ya iba a ser firme. Si en ese momento Sócrates hubiera propuesto el destierro, es muy verosímil que éste hubiese sido aceptado. Pero Sócrates creía que dejar Atenas habría sido una traición a su misión, y que, en cualquier caso, Atenas era tan esencial para su vida que no podía imaginarse viviendo en otro lugar.

[Ahora Sócrates, mirando a la cámara]

Además, yo estaba convencido de que no había hecho yo ningún daño a la ciudad… más bien, al contrario, ¡le hice mucho bien! Por eso propuse, como pena menor alternativa a la muerte, que se me garantizasen comidas gratis en el Pritaneo, ahí donde también comen los vencedores de los juegos olímpicos y aquellos que por sus servicios prestados merecen ser mantenidos por la polis. Aunque tampoco tenía yo problema en pagar una multa, ya que el dinero me da igual… aunque siempre andaba yo chungo de pasta… por eso solo podía aportar una mina, pero mis buenos amigos (incluido el gran Platón) se ofrecieron a juntar treinta minas.

W. K. C. Guthrie, Historia de la filosofía griega, III, Siglo V. Ilustración, traducción de Joaquín Rodríguez Feo, Editorial Gredos, Madrid, 1988, pp. 366-367

[Narrador en off. Música dramática]

El caso es que esta actitud no debió de gustar a los jueces, que votaron la pena de muerte por una mayoría un poco más amplia que la que había asegurado el veredicto de culpabilidad.

Su discípulo Platón (el de las anchas espaldas o la amplia frente) pone cierto énfasis (fundamentalmente en sus obras la Apología y el Critón) en hacer constar: que Sócrates pudo haber evitado la condena simplemente comportándose ante el tribunal como se comportaban normalmente los acusados; que, después incluso de producida la sentencia, pudo huir ayudado por sus amigos; pero que no hizo ninguna de ambas cosas por lealtad a sus conciudadanos, que se encontraban representados en el tribunal, y por respeto a las leyes democráticas de Atenas, según las cuales debía morir.

Su vida había consistido en un dialogar constante con sus conciudadanos. Hubiera podido evitar la sentencia renunciando a ser filósofo, al menos ante el tribunal; pero el tribunal es el pueblo de Atenas, con el cual está planteado el diálogo, y el diálogo ha de ser siendo sincero por ambas partes hasta el final. En cierto modo, puede decirse que Atenas hizo justicia a Sócrates: le concedió la importancia y el significado que tenía, el cual ha permanecido intacto hasta hoy.

Felipe Martínez Marzoa, Historia de la filosofía. Filosofía antigua y medieval, Editorial Istmo, Madrid, 1973, pp. 132-133

Tomás Calvo, De los sofistas a Platón: política y pensamiento, Ediciones Pedagógicas, Madrid, 1995, pp. 123-124

3. ¿Cuáles fueron sus aportes filosóficos?

[Narrador en off, música suave, voy en el coche hablando, imágenes de libros con los textos correspondientes e imágenes circulando por Madrid en el coche acompañadas de las citas correspondientes]

No es fácil determinar con exactitud qué doctrinas que Platón pone en su boca (porque Sócrates, como es sabido, no dejó nada escrito) son socráticas y cuáles son propias del mismo Platón….

Es posible que Sócrates escuchara a Arquelao, discípulo de Anaxágoras, y a Anaxágoras mismo, cuya doctrina acerca del nous (“espírutu”, “mente”) debió llamarle la atención.

Diógenes Laercio, Vida de los filósofos ilustres, traducción de Carlos García Gual, Libro II, Alianza Editorial, Madrid, 2007, p. 99

Platón, Fedón (97c), traducción de Carlos García Gual, en Diálogos III, Fedón, Banquete, Fedro, Editorial Gredos, Madrid, 1997, p. 104

W. K. C. Guthrie, Historia de la filosofía griega, III, Siglo V. Ilustración, traducción de Joaquín Rodríguez Feo, Editorial Gredos, Madrid, 1988, p. 401

Pero pronto quedó decepcionado por los planteamientos de los primeros filósofos y decidió dedicarse a reflexionar sobre sí mismo y sobre la vida de los hombres en la ciudad.

Platón, Fedro (230d), traducción de Emilio Lledó Íñigo, en Diálogos III, Fedón, Banquete, Fedro, Editorial Gredos, Madrid, 1997, p. 317

Realmente, parece que los problemas considerados más importantes en esa época eran los de índole ético-política. Y Sócrates hizo suya la máxima escrita en el templo de Delfos: “Conócete a ti mismo”.

Tomás Calvo, De los sofistas a Platón: política y pensamiento, Ediciones Pedagógicas, Madrid, 1995, p. 115

(Narrando desde habitación tradicional japonesa y vestido con un 甚平. Me despiertan mientras duermo en el futón. Después imágenes de Japón, de la ciudad)

  • ¿Y cómo es eso de que Sócrates no sabía nada?

Sócrates concibe la filosofía como una búsqueda colectiva y en diálogo. No pretende poseer ya la verdad, ni poder encontrarla por sí solo. Cada persona posee dentro de sí mismo una parte de la verdad, pero debe conseguir descubrirla con la ayuda de las otras personas. De este modo se entienden las dos partes del método socrático: la ironía y la mayéutica. El mérito de este método residía más en suprimir ideas confusas y pensamientos torcidos que en dar a luz otros nuevos.

W. K. C. Guthrie, Historia de la filosofía griega, III, Siglo V. Ilustración, traducción de Joaquín Rodríguez Feo, Editorial Gredos, Madrid, 1988, p. 422

Tomás Calvo, De los sofistas a Platón: política y pensamiento, Ediciones Pedagógicas, Madrid, 1995, p. 117

[Ahora Sócrates, mirando a la cámara]

Mediante la ironía, yo fingía ignorancia… bueno, eso es lo que algunos pensaban. En realidad, yo no disponía de las respuestas definitivas a las preguntas que hacía a mis interlocutores, pero creía necesario convencerlos de que, aunque pensasen que sabían algo, en realidad eso no era así: yo me dedicaba a hacer preguntas que hicieran descubrir al otro su propia ignorancia. Así, el que creía saber, caía acorralado por mis preguntas y acaba cayendo en la cuenta de su propia ignorancia… eso sí, muy enfadado.

W. K. C. Guthrie, Historia de la filosofía griega, III, Siglo V. Ilustración, traducción de Joaquín Rodríguez Feo, Editorial Gredos, Madrid, 1988, p. 424

ibíd, p. 424

Después, comenzaba el proceso de la mayéutica (el arte de la comadrona, el oficio de mi madre): seguimos con las preguntas tratando de que el otro llegue a descubrir la verdad en sí mismo. A mí no me gustaba comunicar ninguna doctrina, y tenía muchas dudas sobre todas las cosas… así que prefería ayudar a los demás a buscar la verdad y buscarla juntos: ¡me encanta la idea de buscar entre todos la verdad! Es cierto que en los diálogos de Platón no llegamos a ninguna verdad, pero al menos nos convertíamos en hombres mejores, conscientes de nuestra propia ignorancia, ¡mejor preparados para la siguiente búsqueda de la verdad!

ibíd, p. 422

  • [En el puente de Alcántara, Sócrates dice a la cámara:] Aristóteles me atribuyó, fundamentalmente, dos méritos.

Aristóteles, Metafísica, Edición trilingüe por Valentín García Yebra, Editorial Gredos, Madrid, 1998, p. 668 (1078b 28)

[Voz en off]

“Dos cosas pueden atribuirse con justicia a Sócrates: los razonamientos inductivos y la definición de lo universal; y ambas cosas se refieren al principio de la ciencia”

[Sócrates de nuevo:]

Claro, la pregunta que yo hago es: “¿qué es…?” y espero que el otro me responda con una definición. Mi método, así, se encaminaba a la construcción de definiciones, las cuales debían encerrar la esencia inmutable de la realidad que estábamos investigando en ese momento. De este modo, yo me oponía la convencionalismo de los sofistas, e inauguraba el camino de la búsqueda de las esencias de las cosas. Mi procedimiento es inductivo… ¿que qué significa eso? Fácil: se trata de examinar casos particulares y ensayar una generalización que nos dé la definición buscada. Yo me centré en los conceptos morales (la piedad en el diálogo platónico Eutifrón, la templanza en el Cármides, en el Lisis la amistad…), aunque, como decía, mi búsqueda en los diálogos de Platón nunca termina, siempre acaba en un fracaso… provisional.

[Voz en off, con imágenes de la película de Roberto Rossellini sobre Sócrates (1971):]

Cuando Sócrates se esfuerza (e invita a los demás a esforzarse) en aclarar y definir los conceptos morales, no lo hace por mera curiosidad. Lo hace porque está convencido de que solamente se puede ser justo si se sabe lo que es la justicia, solamente se puede ser valiente si se sabe lo que es la valentía, etc. Esta doctrina socrática que reduce la virtud a conocimiento, que concibe la virtud como saber, suele denominarse intelectualismo moral.

En esta doctrina socrática no existe lugar para la culpa, puesto que el mal es involuntario: el que conoce lo recto, actuará con rectitud, y solo por ignorancia se hace el mal. Sorprendente teoría, ¿verdad?

Tomás Calvo, De los sofistas a Platón: política y pensamiento, Ediciones pedagógicas, Madrid, 1995, p. 131

Bailando Historia de la Filosofía, septiembre de 2019 [vídeo en Madrid, Puerta del Sol]

[Voz en off, música de fondo] Sócrates siempre estaba en público. Muy de mañana iba a los paseos y gimnasios, y cuando la plaza estaba llena, allí se le veía, y el resto del día siempre estaba donde pudiera encontrarse con más gente. Por lo general, hablaba, y los que querían podían escucharle (…). Siempre conversaba sobre temas humanos, examinando (…) qué es bello, qué es justo, qué es injusto, qué es la sensatez, qué cosa es la locura, qué es el valor, qué es la cobardía, qué significa vivir en la ciudad, qué es el gobierno y qué es un gobernante, y otras cosas de este tipo. Consideraba personas de bien a quienes trataban estos temas y los conocían, mientras que a los ignorantes creía que con razón se les debía llamar esclavos… Además, aunque no sabía hacerlo bien, le gustaba bailar.

Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, en Recuerdos de Sócrates y diálogos, traducción de Juan Zaragoza, Gredos, Madrid, 2007, Libro I, pp. 22-24

Jenofonte, Banquete, en Recuerdos de Sócrates y diálogos, traducción de Juan Zaragoza, Gredos, Madrid, 2007, pp. 318-319

Diógenes Laercio, Vida de los filósofos ilustres, traducción de Carlos García Gual, Libro II, Alianza Editorial, Madrid, 2007, p. 105



 Clase del profesor Quintín Racionero en el curso “Historia de la Filosofía Antigua y Medieval”. Sesión sobre Sócrates. 2010. //

 The Greeks: in Search of Meaning, Learning Corporation of America, 1984

 Philosophy: A Guide to Happiness, presentado por Alain de Botton, Inglaterra, 2000

George Schaefer, Barefoot in Athens, EEUU, 1966

 Who Was Socrates? – 8-Bit Philosophy

(…)


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